Sobre la existencia de Dios

– Genaro Luna  Carreto

 

Jesús Contestó: “Yo soy Rey. Para esto nací, para
esto vine al mundo, para ser testigo de la verdad.
Todo hombre que está de parte de la verdad, escucha
mi voz” Pilato dijo: “¿Qué es la verdad?”

Juan 19-38

 

Desde la aparición de la obra Elementos del matemático griego Euclides, tres siglos antes de Cristo, la comunidad matemática emprendió un viaje, tal vez sin esperarlo, hacia un concepto filosófico crucial: La verdad.

Todo se debió, como es bien sabido, a uno de los pilares sobre los cuales se encuentra sostenida la geometría Euclidiana. Se trata del postulado quinto, último en una lista de enunciados que debían aceptarse como verdaderos, dada su naturaleza de ser “verdades evidentes” y por tanto indudables. Aquel histórico enunciado, como Euclides lo postuló en esa lista, decía:

“Si una recta secante corta a dos rectas formando a un lado ángulos interiores, la suma de los cuales sea menor que dos ángulos rectos; las dos rectas, suficientemente alargadas se cortarán en el mismo lado”.

Nada parecido, en dificultad, al cuarto postulado: “Todos los ángulos rectos son iguales” o al tercero: “Hay una sola circunferencia con centro y radio dados”.

La aparente complejidad del quinto, hizo pensar que existía la posibilidad de obtenerlo como una consecuencia de los cuatro postulados anteriores. La parte importante y sutil: La demostración debe estar sustentada dentro del mismo sistema de nociones comunes, definiciones y postulados dados. ¿Qué ocurrió? Nadie pudo hacerlo. Esta novela extraordinaria, generó varios enunciados más claros pero equivalentes al quinto, como el enunciado del matemático escocés John Playfair:

“Por un punto exterior a una recta, se puede trazar una y sólo una recta paralela”.

La búsqueda de errores y aciertos en las “pruebas” del quinto, constituyó un punto de inflexión. Se evidencio y empezó a esquematizar la lógica. Además, llevó a los estudiosos de esta ciencia a un grado de madurez importante, que logró cimentar firmemente la matemática.

El desenlace de este drama, llegó hasta el siglo XIX, con la aportación del matemático ruso Nikolai Ivánovich Lobachesvski, quién a la usanza del mítico doctor Frankenstein, suturó los primero cuatro postulados con la negación del V, y tal vez con una sonrisa malévola, desde su alcoba gritó: “Esta nueva geometría vive” .

Sin duda, como nunca antes, se tenían en la mano dos geometrías igual de válidas, vivas, pero de diferente naturaleza y de origen, contrapuestas. Y entonces, ¿cuál es verdadera? Nótese que ambas usan los principios de la lógica. Difieren, porque nacen de “verdades” diferentes.

Originalmente, Euclides incluyó una lista de enunciados porque eran evidentemente verdaderos, sin percatarse que esa aparente verdad, provenía, como siempre, de los sentidos.

Así como las matemáticas modernas, diversas disciplinas científicas se construyen a partir se proposiciones aceptadas como válidas. Esto va más allá. Considere las instrucciones de cualquier juego. ¿Alguien pone en tela de juicio el movimiento en diagonal del alfil? ¿Por qué los jugadores de fútbol no pueden tomar la pelota con la mano excepto el portero? Son enunciados aceptados como válidos o verdaderos sin dudarlo. Queda claro que en algún momento debe hacerse una distinción entre el concepto de validez y verdad.

Nada se escapa a lo propuesto por ese enorme genio griego y naturalmente, por la enseñanza de siglos de interpretación de su obra. En la plática ordinaria, es necesario un sistema de enunciados previos con el fin de emitir juicios. Siempre acompañados y motorizados por los tres principios de la lógica: Identidad, contradicción y tercero excluso. Por otro lado, para el análisis social estos principios no son suficientes.

El desconocimiento de lo anterior, sobre todo en la parte de la necesidad de un sistema de verdades común, origina discusiones sin sentido, donde todos tienen razón, no importa si se trata de un científico un clérigo o un payaso. De manera que es fácil distinguir a los estafadores y farsantes: dominan el mundo desde su propio sistema de verdades, cambiantes cada fin de semana. Lo anterior es la fuente que permite discusiones eternas en redes sociales, televisión, etc.

La matemática, como siempre, encarna el modelo ideal de análisis. Se tiene como punto de partida, un sistema axiomático. Con éste y en base a la lógica, se logra combinar dichas verdades, con el propósito de obtener nuevas. Así es como se construye una teoría matemática. Las nuevas verdades son relativas y dependen del sistema axiomático inicial. Se entiende entonces que algunas teorías matemáticas son opuestas, por el hecho de provenir de enunciados contradictorios. Es la única forma de justificar verdades relativas a cada estructura matemática.

Se ha llegado a un punto medular. Si se quiere dar opiniones sobre la ciencia matemática, se debe conocer plenamente esa teoría especial y argumentar dentro de esos parámetros. Las verdades personales son inválidas.

¿Qué tiene que ver Dios aquí? Pues si somos observadores, las matemáticas no empiezan de la nada. Se tiene que empezar creyendo y aceptando como verdaderas ciertas proposiciones, ya sean los principios de la lógica o los axiomas correspondiente a cada teoría.

Si extendemos, hasta donde nos sea posible las ideas anteriores, al caso de la religión, se encontrará usted un concepto muy semejante al axioma matemático: dogma. Dios es la verdad inicial, principal y todo aquello revelado por él. De manera que los sistemas religiosos empiezan creyendo en Dios y aceptando sus designios al igual que los matemáticos aceptan, por ejemplo, la asociatividad. Seguro es que no falta quien diga que dicha propiedad matemática es comprobable con la experiencia. Pues, según la interpretación del Concilio Vaticano en 1785, Dios “puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas creadas”.

Dentro de esas doctrinas, el concepto mismo de dios, su origen, forma e interpretación, son diferentes. Recuerde la descripción de Coatlicue, con su collar de corazones y manos cortadas, acompañada de una falda hecha de serpientes. A comparación de los dioses occidentales, dotados de una belleza y pureza excepcional.

Así pues, en cualquier sistema religioso, también es necesario aceptar la idea de Dios en sus diversas modalidades, tan sólo para entrar en alguno de esos sistemas. Si crees en Dios entonces estás dentro de la correspondiente doctrina. Si no crees en dios, pues simplemente estás fuera. ¿De qué manera se puede hablar de la demostración de la existencia o inexistencia de él? ¿Cuáles serían los principios a considerar para tal argumentación? Si logramos ver contradicciones en sistemas particulares, es porque estamos mirando desde fuera. Igual se ven contradicciones en la geometría euclidiana viendo desde la no euclidiana

De manera que si alguien demuestra la inexistencia de Dios con verdades fuera de los dogmas religiosos o si localiza contradicciones en la literatura religiosa, sería como si jugara ajedrez con las reglas del fútbol y se declarase triunfador.

Finalmente, me gustaría aclarar que éste no es un escrito religioso.

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