Dos esperanzas

– Genaro Luna Carreto

Sí claro, el hombre estaba loco. Ya sea porque así nació o porque el alcohol lo transtornó. Sin embargo, parado en la esquina y acariciando a su hijo, generaba en uno algún sentimiento, por momentos de desprecio. Me detuve a ver la banca donde cada fin de semana soñaba con verla regresar y lo único que encontré fue a ese harapiento.

Algo de extraordinario tenía la escena que se apoderaba de la voluntad y tiraba de ella como si tuviese hilos. Y es que los fuertes brazos del indigente hacían desaparecer y aparecer ese pequeño cuerpo: “Perdóname”, le decía a cada segundo. Por momentos le tomaba la barbilla y movía los dedos hacía arriba y hacia abajo en señal de aprecio. Incluso un par de gordas de caras estúpidas dejaron de cuidar a sus hijos por ver a este actor de la vida real. De no ser por su olor pestilente, todos los testigos, sin duda hubiésemos pensado que era un verdadero actor.

El momento final, fue cuando se sentó en el suelo y juntó las rodillas a su pecho y lloró y lloró y lloró. Después se levantó y se fue. Dejó a su hijo imaginario. Aunque iba lejos, yo seguía viendo a ese hijo inexistente ver a su padre loco avanzar.

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